El no haber dejado las cosas preparadas el día anterior había sido una idiotez de mi parte. El problema fue que nada había estado planeado con anticipación, más bien la idea había surgido en cuanto llegamos a casa. Claro que tenía pensado proponérselo a Layla en poco tiempo, días quizás, pero claro que con las cosas mejor resueltas, con todo pensado y planeado hasta el más mínimo detalle. Ahora me encontraba preparando un desayuno sorpresa y considerando que apenas y sabía hervir un poco de arroz, sabía que no sería tarea fácil. Organicé primero mis ideas, viendo también los ingredientes que tenía. No contaba con demasiadas cosas, así que improvisé la receta más fácil y rápida que se me ocurrió: huevos fritos, tostadas y jugo de naranja. Claro que los hotcakes resultaban también una buena opción como desayuno, pero después de la noche anterior, creo que ambos estábamos ya bastante satisfechos con el tema de aquella peculiar comida. Tenía pocas opciones, pues no tenía claro cuanto tardaría Layla en levantarse, y realmente lo peor que me podría pasar sería que me encontrase en pleno proceso de organizar la sorpresa. Un fracaso, ni más ni menos. Pero considerando que iba a ser un momento importante, no me podía permitir que no fuese perfecto. Decidí arriesgarme y salir a comprar las cosas que necesitaba. Me dirigí a una de las tiendas más cercanas, pese a que estaba a unas pocas cuadras y compré los detalles que faltaban. Volví a casa lo más rápido que me fue posible, respirando aliviado al darme cuenta de que al parecer Layla aún no se había levantado. Volví para terminar de preparar el desayuno, tostando el pan y fritando los huevos. Exprimí algunas naranjas y serví el jugo en dos vasos; colocando todo en una bandeja lo más organizado que me fue posible; sacando también la caja que contenía lo más importante dentro: el anillo. Los nervios me revolvían el estómago hasta el punto de marearme, por lo que me detuve unos momentos para pensar bien las cosas. Fui a ver las cosas que había comprado, sacando un ramo de rosas que había aprovechado para comprar. -Qué bajo he caído...- me reí, negando con la cabeza. De solo pensar que hacía unos escasos años odiaba todo lo que tuviese que ver con las cosas típicas que hacían las parejas, toda aquella cursilería barata, y ahora me encontraba siendo el protagonista: ni más ni menos. Antes de subir aproveché para arreglarme un poco, ya que con el apuro de salir de la cama tenía una apariencia deplorable, luego de hacerlo, volví a la cocina. Organicé todo de manera que quedase prolijo encima de la bandeja y luego de tener todo, me dirigí hacia la escalera, subiendo hacia el segundo piso. Ya llegaba a un punto en el que los nervios me dificultaban todo y consideré la idea de dar vuelta, pero me era imposible, las ganas de llevar la relación que teníamos con Layla hacia el segundo paso eran más fuertes que cualquier otra cosa. Entré en la habitación y no me sorprendió tanto el verla ya despierta, así que sonreí y dejé la bandeja apoyada en la cama. -Buenos días dormilona- saludé, apoyando las rodillas en el colchón y acercándome para besar sus labios, disfrutando de la calidez de éstos. La caja con el anillo se encontraba cuidadosamente guardada en el bolsillo de mi pantalón, mientras que el ramo de rosas de un color rojo intenso se encontraba en mi mano. Se lo entregué, dedicándole la más sincera y alegre sonrisa que pude esbozar. -Preparé el desayuno porque... Bueno, quiero decirte algo importante- observé sus ojos verdes, brillantes como dos luceros. Las tripas se me revolvían hasta el punto de no saber exactamente que decir, incluso percibí que la voz me temblaba ligeramente, pero hice caso omiso a ello y me senté en la cama, suspirando. -Come algo- la invité, acercando la bandeja hacia ella, agarrando uno de los vasos y tomando algunos sorbos del jugo, para quitarle hierro al asunto. La caja con aquella diminuta joya pesaba demasiado y dudaba que Layla no se hubiese dado cuenta de el porqué de todo aquello, pero rezaba para que así fuera. -¿Cómo dormiste?- pregunté, de forma tranquila, tratando de despejar un poco mi mente y dándole tiempo a ella para que se sintiese cómoda, tampoco era el plan llegar y agobiarla con algo tan importante, siendo que apenas se despertaba. Poco a poco iba dándome cuenta de qué era lo que quería y tenía que decirle, sintiéndome más aliviado.